Un giro inesperado
¡Las 8 de la mañana ya y me despierto a toda prisa, hace un poco de frio
afuera, es un soleado y pintoresco amanecer de domingo!
Es como si el tiempo no hubiese
pasado y siguiera recordando una y otra vez el mismo día. Todo comenzó un incomparable
día de febrero de 2009, la mañana pintaba para ser un gran día de campo en un
restaurante campestre no tan lejos del lugar donde vivo, esto se debía al
cumpleaños de María José, una gran amiga desde la infancia, ella cumpliría
quince años y sus padres querían que hiciera algo especial para festejarlo.
Días antes al viaje, yo había hecho todo lo posible porque me dieran
permiso mis padres, hacia mandados, obedecía en todo, inclusive ayudaba en los
quehaceres de mi hogar, cosa que probablemente hacia muy poco en aquel tiempo,
hasta María José y su mamá habían ido a mi casa a platicarle a mi madre sobre
el paseo, ya que no estaba muy convencida de dejarme ir. Después de algunas
súplicas ella por fin accedió y fue así como mi emoción porque llegara ese día
comenzó.
Sigo recordando esa mañana de domingo como si hubiera sido ayer; Al
igual que de María José, también era
cumpleaños de mi hermana mayor y estaba
molesta conmigo porque me iría a festejar a una de mis amigas en vez de
festejar con ella. Mis ganas de ir de paseo podían más que eso, algo egoísta de
mi parte debo mencionar, pues mi hermana siempre me acompaña en cada uno de mis
cumpleaños.
El momento de partir había llegado, con anterioridad nos habíamos
organizado sobre cómo sería que íbamos a llegar a nuestro destino, a algunos de
nuestros amigos los llevarían sus padres, otros se irían con María José, y
algunas amigas y yo, viajaríamos en el carro de Ana Rosa otra de mis muy
apegadas amigas.
El transcurso del viaje era toda una aventura al lado de mis mejores
amigas, sumergidas en risas, cantos, y algunas experiencias que nos iban
generando muchas ganas de estar en ese lugar. Algunas de ellas ya lo habían
visitado, yo por el contrario desconocía hasta su ubicación, pero lo expresaban con tanto
afán, que las ganas de conocerlo se contagiaban casi al instante, pues ya me
habían dicho algo referente a ese sitio, sobre cómo era y todo lo que tenia,
parecía que iba a ser un gran día.
Después de una hora de camino, al fin llegamos a nuestro destino, aun
recuerdo lo grande y bello que me pareció ese portentoso lugar, de un lado
estaba su exquisito restaurante, que desde lejos percibías los ricos olores a
carne asada, salsas y variadas comidas, rodeado de un campo amplio en el que se
encontraban dos grandes canchas de fútbol y voleibol junto a un brincolín y
columpios ubicados un poco más cerca del restaurante, y como dejar de lado la
pista de carreras donde rentaban cuatrimotos, con sus caminos amplios y llenos
de hoyos para hacer de su recorrido algo mas fascinado, rodeada de algunos
matorrales y sembradíos de maíz, ¡grandes y bonitas plantas de maíz!
Las horas transcurrían y nosotros jugábamos y nos divertíamos como
nunca, algunos nos encontrábamos en las canchas, otros estaban cerca del brincolín,
y muchos paseando en moto.
Llegó el momento de comer, y todos nos acercamos a disfrutar de la
deliciosa comida que nos brindaba el gran buffete del lugar, para degustar mejor
de ella lo que hicimos fue acercar todas las mesas del restaurante y así comer
todos juntos, éramos si mal no recuerdo cerca de veinte los que habíamos
asistido, y a algunos de mis amigos también los acompañaban sus padres, al
igual que se encontraban presentes los familiares de María José.
En el momento de la convivencia no parábamos de hablar de lo deliciosa
que se encontraba la comida, y lo bello que estaba el lugar, planeando pronto
su regreso. Me encantaba el encontrarme así, disfrutando junto con mis mejores
amigos un magnifico día.
Descansamos un rato esperando reposar el gran platillo que habíamos
consumido, para después proseguir en nuestros juegos y paseos en el campo del
restaurante.
Esta vez la mayoría nos encontrábamos del lado de la pista de motos,
pues nos era divertido el estar de espectadores cuando algunos de nuestros
amigos rentaba y jugaba carreras, todo fluía
de buena forma, diversión, juegos, risas, etc. Y entonces llego el momento en
que dos de mis amigas rentaron una moto para disfrutar de un paseo, dieron un
par de vueltas y me invitaron a que subiera con ellas, dejándome al mando el
volante por si quería manejarla yo misma.
Al principio sentí temor, pues nunca había experimentado manejar alguna
moto, pero me dejé llevar más por la emoción del momento y accedí a su
propuesta, sin pensar en absolutamente nada, simplemente me subí a la moto
junto a ellas y tome el volante.
Me costaba trabajo no perder el control con la moto, mas por algunos
hoyos de la misma pista, pero eso no me impedía acelerar experimentando una
extraña sensación de adrenalina en mi cuerpo.
No tardamos ni diez minutos recorriendo algunas partes de la pista cuando sucedió lo inimaginable, al pasar una
curva del camino no pude controlar la moto saliéndonos un poco de la senda, dirigiéndonos
al lugar donde se encontraban algunos sembradíos de maíz y matorrales, en mi
intento por querer regresar al camino escucho la voz de mi amiga diciendo que
lo que tenía que hacer era dar reversa a la moto, pero como eso se me hacía más
complicado, recuerdo que pensé en solo atravesar los matorrales por delante y
así regresar más fácilmente a la pista, pero para mi sorpresa lo que esos
matorrales escondían era un hoyo profundo que no se lograba ver a simple vista,
haciéndonos caer a él y dejando la moto atascada por la parte delantera
Nuestra primera reacción fue reírnos, al percatarnos de que no nos había
sucedido nada, una risa nerviosa tal vez era lo que nos invadía, recuerdo mis
manos temblorosas y mi ropa llena de polvo, voltee para preguntar cómo estaban
ellas y nos llenábamos de risa al vernos repletas de matorrales y tierra. A
pesar del susto, y que aparentemente no sucedía nada, mi corazón no dejaba de
latir con fuerza y comenzaba a sentir un hormigueo extraño en mi pie, fue
entonces que tras un brinco que decidí dar para bajarme de la moto solo pude
detenerme con un pie y caí al piso llenándome más de tierra, esa tierra roja
que se puede ver en algunos plantíos.
En ese momento mi corazón se detuvo del susto y no podía creer lo que
mis ojos veían, al levantarme un poco el pantalón me di cuenta de que mi pie
izquierdo estaba totalmente deformado, ensanchado y de color verde y morado,
dejando ver todas las venas en mi piel, en ese momento no podía identificar que
era en lo que se había convertido mi pie, y el susto era algo escalofriante.
Al percatarse mis amigas de lo sucedido comenzaron a gritar a algunos de
nuestros amigos para que se acercaran y me llevaran hasta la orilla, recuerdo
como estaba sumergida en mis pensamientos, encontrándome en un estado de shock.
Todos me indicaban que me subiera a la otra moto para trasladarme más
fácilmente a la orilla, pero en ese momento mis pensamientos no coordinaban con
mis acciones, solo recuerdo que no podía parar de expresar que me había
fracturado el pie.
Por fin una compañera se bajo de la moto que manejaba y con fuerza me
subió para llevarme hasta la orilla, cuando llegue ya todos se habían dado
cuenta de lo sucedido, pues desde lejos se podía mirar la moto atascada en aquel
hoyo profundo.
Al llegar a donde se encontraban todos, en las carpas con mesas a un
lado de la pista, me di cuenta que todos
se encontraban tan impactados como yo, pero en ese momento no podía detenerme a
pensar el porqué ellos reaccionaban así, ¡si ellos no eran los que tenían el
pie fracturado! por lo que comencé a gritar del dolor, porque fue ahí
justamente hasta ese instante que el dolor invadió mi cuerpo y me punzaba como
si millones de hormigas estuvieran picoteándome todo mi pie izquierdo.
Al escucharme así los padres de mis amigos corrieron desde donde se encontraban
a ayudarme, al ver a todos observándome
la reacción de mi mejor amiga fue gritarle a su novio para que me cargara hasta
donde se encontraba el carro de uno de los papás de mis amigos.
El enseguida lo hizo y a pesar de que se encontraba lejos del
estacionamiento me llevo hasta el, yo no podía dejar de llorar y pensar en cómo
podía acabar la situación, pasaban muchísimas cosas por mi mente, ¡mis papás,
un yeso, la escuela, mi vida!
Al encontrarme en el carro el padre de una amiga enseguida se dirigió de
camino al hospital, mientras yo estaba llena de miedo y dolor al mismo tiempo,
pensando en mi madre y lo preocupada que se pondría al enterarse de lo
sucedido, en ese momento deseaba que nada hubiera pasado, en que todo fuera una
pesadilla, un mal sueño del que quisiera despertar, ¿cómo me ha pasado esto? Me
decía a mí misma.
Rezaba, rezaba a Dios porque las cosas no pasaran a mayores y solo fuera
un acontecimiento menor, un yeso y reposo. El camino se hizo eterno y lo último
que recuerdo fueron las palabras del señor diciendo “cálmate hija ya vamos a
llegar”. Me desmayé en ese momento y
desperté estando en el hospital, justo cuando los enfermeros me subían a una
camilla y me dirigían a la sala de curaciones.
Una enfermera me puso una inyección para el dolor, y aunque le tengo
pavor a las inyecciones, juro que en ese momento no me importo aquel simple
piquete que podía acabar con mi dolor, otra de ellas preguntó si podía romper mi pantalón y en eso
pensé: llevo puesto mi pantalón favorito, pero que importa ¡Rómpalo si es
necesario!
Me tranquilizaron un poco y fue cuando me enteré que todos ya estaban
afuera del hospital, me preocupaba saber cómo reaccionaría mi mamá al enterarse,
pero justo en eso la madre de una amiga me acompañó y me confesó que mi madre ya venía en camino y
que todo estaría bien.
Después de uno de los momentos que para mí han sido de los más eternos en
toda mi vida, mi madre llegó y por un momento creí que hasta allí llegaría
todo, que solo me pondrían algo para curar mi pie y que todo estaría bien, lo
que después paso es y seguirá siendo una de las más grandes sorpresas que me he
llevado en la vida.
Mi madre asustada pregunto cómo estaba e inmediatamente se dirigió hacia
mí. En ese momento sentí alivio, pues mi
madre estaba a mi lado. Aunque por un minuto llegué a pensar que me llamaría la
atención por lo sucedido, pero fue más el susto de ambas que eso quedó a un
lado.
Enseguida llegó el doctor dándonos la noticia que tendría que ser
trasladada de hospital, pues ese no contaba con un equipo necesario para mis
cuidados.
Al sacarme del hospital, recuerdo haber visto a todos mis amigos
angustiados en la sala de espera esperando tener noticias sobre mí, al salir
todos se acercaron a mí, preguntando cómo estaba y dándome ánimos, incluso
algunos ayudaron a subir la camilla a la ambulancia, por supuesto, mi madre me
acompañaba.
El viaje en ambulancia fue demasiado espantoso, creía que el equipo
médico me caería encima y sentía como en cada tope y bache de la carretera la
camilla brincaba ocasionándome un dolor aun más fuerte.
Al llegar al nuevo hospital la espera cansaba, pues la sala de urgencias
estaba completamente llena y era difícil que rápido te asignaran un cuarto.
Esperamos unas horas, en las cuales solo habían conseguido registrarme.
Mis hermanas llegaron para hacerle compañía a mi madre, pero desafortunadamente
solo podía estar conmigo una a la vez. Por fin llegó el doctor y lo primero que
hizo fue revisar mi pie, ordenando que tenía que remover el esmalte de mis uñas.
¡Por fin me asignaron un cuarto! Y entonces pensé, ¿Por qué insisten en
que debo quedarme cuando solo es una fractura de pie?
Esa noche fue muy larga e incómoda, odio los hospitales y es algo que
siempre odiaré.
A la mañana siguiente, decidieron realizarme unos estudios para checar
que tan grave era la fractura, fue una gran sorpresa encontrarse con ello
un quiste del tamaño de una pequeña
pelota, más aún para mi, pues existía la probabilidad de que fuera algo maligno
y me daba terror pensar en lo que pudiera pasar. El doctor dijo que había sido
una bendición que el accidente hubiera pasado, pues de otra forma en poco
tiempo hubiera sufrido algo peor, incluso perder mi pie izquierdo, el solo
pensarlo me ponía histérica, ¡No cabe duda que por algo suceden las cosas!
Llegó el momento de mi operación, ¿se imaginan una niña llena de miedo
en un quirófano? Jamás hubiera pasado por mi mente esa situación, sin embargo
la estaba presenciando, el quirófano estaba muy frio y yo no paraba de temblar,
algo que no ayuda para nada cuando es momento de ponerte la epidural, recuerdo
como la enfermera tuvo que abrazarme para que la pudieran poner, pues yo no
paraba de moverme.
Mientras se realizaba la operación yo podía estar escuchando todo,
incluso cuando taladraron y rasparon mi hueso para poder retirar todo el
quiste, es irónico como hoy no pueda escuchar el sonido de un taladro sin que
me ponga a temblar.
Después de horas en el quirófano por fin todo término, esperaron un poco
a que pasaron los efectos de la anestesia, mientras yo sin sentir mis pies no
dejaba de pensar en que era lo que me habían hecho. De nuevo me llevaron a mi
cuarto, donde toda mi familia me esperaba, nunca en sus rostros había percibido
tanta preocupación y miedo como ese dia, confieso que hasta yo me sentí
aliviada al verlos de nuevo.
Esa noche fue dolorosa, imaginen que martillan y taladran sus huesos por
un buen tiempo, ¿duele no? Ahora consideren que la anestesia deja de hacer su
efecto ¡auushh!
Los resultados de patología no estarían listos hasta cuatro días después
de la operación, pero la angustia cada día era mayor, con solo ver el rostro de
mi madre me era imposible no darme cuenta de la situación, siempre estaba
llorando, preocupada y hablando con mi familia lejos de mí, recuerdo que
pensaba: bueno, si es algo en realidad muy malo, que pase lo que tenga que
pasar, lo afrontaré con valentía, con tal de no seguir viendo así a mi madre.
¿Es posible ser la más temerosa del mundo fingiendo que todo se
encuentra bien con tal de no preocupar más a las personas que amas? Muriendo de
angustia y terror por dentro, ¿algo
ilógico en mi situación no?
Los días pasaron lento pero por fin los resultados estaban en manos de
mi madre, es como si mantuviera un acta de defunción en su mano, ¡un acta de
defunción de su hija menor! Mi mamá no tenía el valor para abrir el sobre, así
que mi hermana mayor tuvo que hacerlo, mira
como estas de amarilla, me dijo, quita esa cara, ¡el tumor es benigno!
Lagrimas de felicidad caían por el rostro de mi madre, ¡gracias dios
mío! Expresó, el solo verla sonreír de nuevo, me hizo sentir aliviada una vez
más.
El doctor nos hizo ver que no porque no fuera maligno todo iba a pasar
muy rápido, sería un proceso de recuperación lento y de muchas operaciones,
llevaría tiempo el que pudiera caminar de nuevo.
Y así fue, en esa ocasion pase 21 días en el hospital, había días buenos
y días malos, días largos y días aun más largos. Casi siempre tenía visita,
pues mis amigos y familia iban a verme cada vez que podían, algo que me hacía
mucho bien.
Por fin me dieron de alta y pude irme a mi casa, mi pie parecía un robot
de tantos fierros que tenia por todas partes. Pasaron días muy dolorosos y
aburridos antes de poder regresar a la escuela, y cuando finalmente lo hice,
fue otro golpe muy duro el darme cuenta que muchas cosas habían cambiado,
amigos, momentos, incluso yo lo había hecho.
Mi vida después giró en más situaciones de operaciones y terapias, ¡dolorosas
terapias! pero finalmente después de algún tiempo y de algunos diagnósticos de
los doctores, recupere la movilidad completa de mi pie, tratando de retomar
algunas de las cosas que hacía antes del accidente.
Fue un periodo largo y lento,
demasiado lento, en el cual viví muchas
circunstancias que así como me ocasionaron mucho dolor también me permitieron crecer, cambiar,
valorar y afrontar las cosas de manera distinta.
Gracias a esto aprendí que a veces la vida puede dar un giro inesperado y cambiarte todo un
panorama de golpe, pero que pese a esto, el mundo no se detiene y sigue dando
vueltas a tu alrededor, jamás paso por mi mente el estar contando después de 5
años la historia de algo que marco mi vida para siempre.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario